La represión en Cuba
Los Comités de Defensa de la Revolución (CDR)
"Ni siquiera se conoce quiénes dentro del CDR son informantes directos de la labor del
propio CDR, porque el CDR espía, pero, a su vez, es espiado, cosa que ningún cubano
ignora. Eliseo Alberto, novelista, fue reclutado por la inteligencia para que espiara a su
padre, el poeta Eliseo Diego. Y lo hizo, tal como contara en Informe contra mí mismo,
un libro desgarrado y desgarrador publicado en España. La mutua desconfianza es uno
de los elementos cohesivos de las sociedades totalitarias, y lo primero que la familia les
enseña a los niños es a desconfiar y a simular, pues de la habilidad con que la criatura
consiga desarrollar esas dos actitudes van a depender sus probabilidades de no chocar
con la maquinaria represiva.
Al mismo tiempo, ese adiestramiento familiar, esa formación para
el cinismo y la mentira como modo de protegerse, contribuye a convencer al
niño del carácter invencible del sistema y de la futilidad de tratar de
oponérsele. No hay que luchar. Hay que sobrevivir fingiendo. Tampoco hay que
comprometerse en la defensa de principios peligrosos. Sacrificarse por los demás, por
un pueblo de soplones, es una idiotez. Es muy triste, pero el mismo fenómeno se ha
visto en todas las sociedades que han vivido bajo el comunismo: los caracteres forjados
en la duplicidad y la mentira suelen expresarse en la conducta insolidaria e indiferente
de quien no cree en nada ni en nadie, exactamente lo opuesto del proyecto marxista de
construir un mundo regido por lazos fraternales.
¿Cómo es la estructura de este aparato represivo? Cada CDR reporta regularmente a un
Comité de Zona, que a su vez lo hace a otro municipal, luego provincial, y, por último,
nacional. A partir del Comité de Zona toda la información es recogida por policías
profesionales –oficiales de sector– que alimentan las insaciables computadoras del
Ministerio del Interior. Nadie puede escapar a su lupa. Nadie carece de un expediente
político. Nadie está exento de un funcionario que revisa periódicamente la ficha del
ciudadano más inofensivo, porque nunca se sabe dónde puede esconderse un enemigo
de la patria. Y ese «nadie» incluye a los menores, pues el expediente «acumulativo»
comienza en el momento en que el niño es matriculado en la escuela. Ya ahí se anota si
sus padres son unos tipos sospechosos de servir al imperialismo o si se trata de valientes
soldados de la lucha revolucionaria.
Ese «nadie» ni siquiera excluye a los visitantes ilustres, como el asiduo viajero
a Cuba, Gabriel García Márquez, que cuenta con un abultadísimo expediente
en que se guardan todos los datos y contactos de sus múltiples
estancias en la Isla, y la transcripción de sus conversaciones telefónicas, como revelara
un «desertor» del ámbito intelectual, un joven llamado Antonio Tony Valle Vallejo,
ambiente en el que despreocupada y un tanto irresponsablemente se movía el
colombiano, ignorando que sus anfitriones lo espiaban y seguían de cerca minuto a
minuto.
Fueron estos CDR los organismos que en la década de los sesenta compilaron las listas de
los jóvenes que debían ser llevados a campos de trabajo forzado para ser reeducados y
para extirparles sus «actitudes antisociales» con el brusco trato de los militares hasta
convertirlos en flamantes «hombres nuevos». A esos terribles campos agrícolas, llamados
eufemísticamente Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) –episodio
dolorosamente explorado por los cineastas Néstor Almendros, Jiménez Leal y Jorge Ulla
en los documentales Conducta impropia y Nadie escuchaba–, rodeados de alambradas y
controlados a culatazos, donde abundaron los suicidios y automutilaciones, fueron
llevados unos cincuenta mil cubanos acusados por espías sin rostro de ser o parecer
homosexuales, de ejercer como católicos, protestantes o –los más castigados– Testigos de Jehová y Adventistas del Séptimo Día.
Incluso, los «delitos» podían ser todavía menos transparentes:
utilizar ropas «sospechosas», leer libros «raros», o no ser respetuosos con
los símbolos de la Revolución, como le sucedió al notable cantautor Pablo Milanés,
internado en estas prisiones rurales porque los miembros del CDR de su calle decidieron
que de algún modo oblicuo sus bellas canciones ocultaban «contrarrevolución,
mariconería, o ambas cosas a la vez. Muchos de estos muchachos, como el caso del
escritor José Antonio Zarraluqui, jamás supieron por qué habían sido conducidos a los
campos de la UMAP, pero los que pasaron por esa tremenda experiencia no olvidan que
todo se hizo y todo se experimentó contra ellos: desde enterrar hasta el cuello a un
Testigo de Jehová para que aprendiera que era mejor renunciar a sus creencias religiosas
que soportar las picadas de un hormiguero en su rostro, hasta quebrarle vértebras a
patadas a un homosexual que se negó a que le afeitaran su cabellera gloriosamente
pintarrajeada."
Tomado de "Viaje al corazón de Cuba", de C.A. Montaner
Es tan pero tan exitosa la Revolución Socialista que necesita de una isla, espías en los barrios, centros agrícolas de reeducación y policía secreta. Eso se llama tener apoyo popular. Y por cierto, simpatizantes de las tiranías de la mente y el cuerpo: de esas cosas no se le puede culpar al "Embargo". Si los "yanquis" son malos, ¿cómo tratan los socialistas a su propia gente?
escrito por Econoclasta at 1:58 PM

