Anti-Izquierdismo
Un website para cuestionarse 150 años de ideas destructivas que nos han sido heredadas.

viernes, junio 17, 2005
NAZISMO TAMBIÉN ES COLECTIVISMO

Lo mismo que se ha descrito la sociedad liberal como el “derecho sin Estado”, la sociedad socialista es el “Estado sin derecho” o “Estado sin ley” elevado a su punto máximo. También Marx es lógico consigo mismo cuando, en 1843 en “La cuestión judía”, lanza contra los derechos humanos perlas de este tipo: “Ninguno de los supuestos derechos humanos va más allá del hombre egoísta, del hombre como miembro de la sociedad burguesa, es decir, un individuo separado de la comunidad, únicamente preocupado por su interés personal y que obedece a su capricho privado”. Vamos, que como los derechos humanos son cosa de los liberales, hay que desterrarlos como se deduce en su “estupenda” obra. Volveremos a hallar, sin que ello nos sorprenda, la misma coherencia filosófica marxista en Adolf Hitler hacia el que la ingratitud de los pensadores actuales socialistas no deja de ser chocante, ya que el canciller alemán fue tan seguidor y, sobre todo, realizador del marxismo o más que los propios tiranos comunistas. Hitler dijo en su libro de entrevistas citado: “Ahora que ha acabado la época del individualismo de los liberales, nuestra tarea es encontrar el camino que lleva al socialismo.” Marx y Lenin, como también afirmaba el propio canciller, no se equivocaron en el objetivo que había que alcanzar, aunque Hitler optaba más por un socialismo “sin revolución”. Un eminente nazi, ministro de Abastecimientos y cercano al Führer, Walter Darré, amplía esta meditación insistiendo en que la “teoría política judía” siempre ha estado “orientada al interés individual mientras que el socialismo de Adolf Hitler está al servicio del conjunto de la sociedad”. Esta delirante asociación entre identidad judía, individualismo y capitalismo motiva los exabruptos antisemitas de Marx en su “La cuestión judía”. Un ensayo propio de la judeofobia paranoica marxista, que sin embargo ha sido poco leído. Hitler, por su parte, lo tenía entre sus obras predilectas desde su juventud. Hasta tal punto llegó que en numerosos discursos del Führer hay un auténtico plagio, haciendo suyos pasajes literales del propio Marx vomitando invectivas contra los judíos como éstas: “¿Cuál es el fondo profano del judaísmo? La necesidad de práctica, la codicia. ¿Cuál es el culto profano del judío? El mercadeo. ¿Cuál es su dios? El dinero”, una de las muchas citas textuales de Marx de las que se apropiaba Hitler en sus populistas e incendiarios discursos. Y es que Marx enlaza instigando a ver el comunismo como “la organización de la sociedad que haría desparecer las condiciones del mercadeo y haría imposible al judío”. Parece imposible hacer un llamamiento más nauseabundo y repugnante al asesinato en masa, al genocidio.

Y es que, en la lógica totalitaria, el individuo, ya sea judío o no, debe ser “eliminado”. El “hombre nuevo” comunista debe ser idéntico a los demás hombres comunistas. Es una pieza de la gran maquinaria socialista. El “hombre pieza” tan adorado por Stalin merece un brindis que “el padrecito de lo pueblos” (así gustaba llamarse Stalin) no duda en hacerle. “Bebo”, dice, “por la gente sencilla, corriente, modesta, por sus engranajes que mantienen en funcionamiento nuestra gran maquinaria del Estado.” En lenguaje claro, y sin eufemismos, que agradecía a los bobos e ignorantes poder mantener su tiranía. La cosificación comunista del individuo, su reducción al papel de instrumento en manos del partido hacen para él las veces de la libertad. “En nuestra sociedad, sólo es moral lo que sirve a los intereses del Estado comunista”, decía Breznev. Esta aniquilación del individuo programada por el comunismo es la del ser humano mismo, al que nadie ha visto jamás existir más que bajo la forma individual. La innegable semejanza entre comunismo y nazismo, hasta el punto que el segundo bebe de las fuentes del primero, sorprenderá a algunos, formados en una sociedad llena de prejuicios y mentiras de este calibre, menos a aquellos que no estaban descerebrados por la propaganda o entrenados por su partido para la mentira profesional. En 1936, André Gidé, viejo comunista, regresó desengañado de la URSS a la que él antes tanto admiraba. Confesó su gran desilusión en un libro que sentó como una patada a la izquierda europea: “Dudo que en ningún otro país, incluso en la Alemania de Hitler, el espíritu sea hoy menos libre, más doblegado, más temeroso, más aterrorizado (que en la URSS)” Ciertamente es enormemente injusto con Hitler, ya que en 1936 aún estaba por cometer sus mayores atrocidades. No parece muy justo ver peor a Stalin que a Hitler. Ni viceversa.

Lenin escribió: “En manos de la clase dominante, el Estado es una máquina destinada a aplastar la resistencia de sus adversarios de clase. En esto, la dictadura del proletariado marxista no se diferencia de cualquier otra dictadura”. Y más adelante nos deleita con nuevas enseñanzas: “La dictadura, nuestra dictadura, es un poder que se apoya directamente en la violencia y que no está sujeto a ninguna ley. La dictadura revolucionaria del proletariado es un poder conquistado y mantenido por la violencia, que el proletariado ejerce sobre la burguesía, un poder que no está sujeto a ninguna ley.” Si nos remitimos al segundo volumen de la principal obra de Hitler, “Mein Kampf” (“Mi lucha”), en el capítulo que consagra al Estado nacional-socialista, el Führer expresa las mismas ideas con términos casi iguales. La “dictadura del pueblo alemán” se impondrá por encima de las clases. Si tenemos en cuenta las ideas anticapitalistas de Hitler, vemos aún más la cercanía. Todo sistema totalitario pone en marcha invariablemente un mecanismo represivo destinado a eliminar no sólo la disidencia política sino toda diferencia entre los comportamientos individuales. La sociedad totalitaria, nazi o marxista, se sabe a priori incompatible con la variedad y la diversidad. La hostilidad y odio hacia el individuo, debido a que por naturaleza está ligado al liberalismo y al capitalismo, se perpetuará en los socialistas mucho después incluso de la caída del comunismo soviético y de la edulcoración del comunismo chino. Como sabemos, ante los ojos, aquejados de estrabismo, de la izquierda, la caída del comunismo sólo les confirma la absurda y paranoica idea de retroceso del liberalismo. Así, para el marxista actual Benasayag, autor de un libro con el elocuente título de “El mito del individuo”, el individuo lo liga con el capitalismo. Hasta aquí correcto. A partir de esto se lanza a una encarnizada defensa del colectivismo que no es sino condición necesaria y suficiente de totalitarismo, por lo que quedan apartados el sistema de libertades y el capitalismo como libertad económica. Este filósofo piensa que el individuo es perfectamente divisible. La prueba de ello es que los nazis y los comunistas han roto decenas de millones en infinitos pedazos.

JEAN-FRANÇOIS REVEL
Qué simpático el chinito



Viernes, 10 de junio de 2005
Mao mató a 70 millones de personas

Jung Chang, la disidente china que publicó hace 14 años sus memorias bajo el título "Cisnes salvajes", afirma en "Mao, The Unknow Story" que el dictador comunista chino mató a 70 millones de personas. La mayor mortandad se produjo durante los años del "gran salto adelante" (1957-1961: 38 millones de muertos), pero incluso su inicial larga marcha mostró la ineptitud de Mao como dirigente, pues de las 86.000 personas que iniciaron la marcha sólo sobrevivieron 4.000. Desde su juventud fue Mao un ególatra, que en 1917, con 24 años, escribía: "Las personas como yo sólo tenemos obligaciones respecto a nosotros mismos. Aspiro al poder con la fuerza de un huracán, como un obseso sexual. Debemos destruir el país, y después reformar. No soy responsable ante nadie, sólo ante mí".
Fuente: Die Welt.